viernes, noviembre 06, 2009

La solicitud y el deseo de complacer entre el hombre y la mujer que se aman puede calmar los ardores del fuego encendido antes de tiempo

Los miles de libros escritos sobre el sexo son la más innegable prueba, no de que el tema es infinito, sino que distamos mucho de conocerlo bien. El instinto sexual anda con nosotros siempre. Es un motorcillo de la creatividad y su fuerza puede ser la misma cuando engendramos un hijo, que cuando ejecutamos una obra de arte o cuando nos empeñamos en una acción mística. En el primer caso actúa en forma directa y en las alternativas siguientes se ha sublimado para secundar objetivos emocionales y espirituales, en los cuales el individuo canaliza un propósito de perpetuarse. En nuestro hijos perpetuamos la especie y con nuestro hechos nos perpetuamos nosotros mismos, si es que logramos un puestecillo en la posteridad.

En los tiempos victorianos un pensador tan insigne como Sigmund Freud, fue interferido por las influencias de entonces. La atención humana no tenía ante ella la abigarrada serie de intereses que hoy la complacen o la perturban. En tales circunstancias, los señores ociosos de la aristocracia y de la burguesía dominantes buscaron en la función erótica sus principales satisfacciones. Ello hizo creer a Freud que el instinto sexual estaba rigiendo autocráticamente nuestra vida interior e incluso las relaciones de la sociedad. El gran austríaco olvidaba que la razón desarrolló estímulos materiales que subordinaron al instinto sexual. Este, por cierto, ocupa un modesto lugar después de otros instintos más prioritarios, que en orden de importancia son, el de la maternidad, el de la sed y el del hambre. El amplio espectro de actividades surgidas con la revolución industrial, le dio variedad a la existencia humana, pero no mató el instinto sexual, desde luego. Lo redujo a la parcela que ha tenido siempre en los suelos fecundos del amor. Su capacidad de comburente, es decir, de elemento que vivifica la llama, tampoco se disminuyó. El instinto sexual sigue desempeñando su rol decisivo en la actividad creadora y juega un papel útil en la realización emocional de los seres humanos. La fuerza para la virtud de algunos santos verdaderos y la que conduce a la inmolación voluntaria en aras de un ideal, pudo ser la misma del impulso sexual jerarquizado.

Yo no creo que el sexo sublimado sea mejor que el corriente. Este último es el generador de la especie humana, es el autor de nuestra ascendente multiplicación. No creo que el sexo despierte conductas semejantes en el hombre y en la mujer. Me fundo para opinar así, en las características de la célula genital masculina, el espermatozoide y de la célula genital femenina, el óvulo. El ovario libera el óvulo en forma periódica, sin aguardar los efectos de ningún incentivo. Los testículos están en el caso opuesto, no pueden liberar sus espermatozoides en períodos determinados. Demandan porque sí la gratificación del éxtasis sexual. Es evidente, la ventaja fisiológica de la mujer sobre el hombre, en este sentido. En resumen, ellas no necesitan el disfrute hormonal a los efectos de la reproducción. Nosotros, sí.

La desnudez es pura, y su carácter pecaminoso, le fue conferido por la viciada imaginación de la gente supuestamente civilizada

Por otra parte, el óvulo se sienta en su trono de la trompas de Falopio a esperar, con todo postín, al espermatozoide vencedor en una justa en que han perecido los doscientos cincuenta millones de competidores que nadaban ondulando sus colas a velocidades de uno a cuatro milímetros por minuto. En el mundo microscópico estas velocidades son comparables a las de los cohetes espaciales. Pues bien, ¿qué podríamos deducir de esto? Que lo natural es que sea el macho el que busque a la hembra. Este hecho se aprecia a simple vista en diversas especias animales.

El desconocimiento de que los dos sexos son igualmente activos, y el creer que la mayor iniciativa está a cargo del varón, forman parte de nuestra pésima educación en este sentido. Pienso que una buena lección conyugal consistirá en que los esposos comprendieran recíprocamente que a la hora de compartir esta relación, deben otorgarse la misma solicitud y tolerancia que se dispensan en los múltiples y encantadores campos del intercambio amoroso. El amante que tempranamente ha encendido su fogata, debiera ser acogido, si no con el mismo calor, con la amable comprensión y el deseo de hacer dichoso al otro, que se anida en todos los corazones genuinamente enamoras. ¿Por qué no nos enseñan esto desde la escuela primaria?

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3 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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