domingo, febrero 19, 2012

La muerte vista a través de un prisma azul

El mundo está habitado por un millón de especies animales y trescientas cincuenta mil especies vegetales. A ninguno de los miembros de esas comunidades se le ha ocurrido la absurda idea de que la vida les pertenece individualmente y que es un derecho adquirido para disfrutarlo por siempre. Hay una excepción que es la del hombre, desde luego. Está dominado por la inquietud de que algún día se extinguirá el flujo que le regalaron, pues no hizo ni un ligero esfuerzo por alcanzarlo. Con egoísmo incalificable el bípedo empleó sus privilegios intelectuales, para imaginar que la vida tenía en él su mejor exponente y que toda ella cesaba con su muerte natural.

La muerte es una simple disociación de la materia animada. Es la brusca separación de moléculas que no desaparecerán nunca y a las cuales les sobrará hospedaje en otras estructuras más vivas y tal vez más hermosas. Esto se puede decir de las moléculas que integraron el cuerpo de un criminal y más tarde reaparecen en las hojas del inocente césped que haya sobre su tumba. Los individuos de todas las especies- insectos, crustáceos, peces, herbívoros, carnívoros, ballenas, elefantes, seres humanos – son portadores transitorios de la vida. Todos se sienten satisfechos con esta distinción que la naturaleza les otorga de balde, menos nuestros semejantes.

Los conejos bien pudieran estar entre los diseños más esmerados de la naturaleza, y por lo tanto entre los que suscitan cierto encanto a los ojos de quienen los ven.


Estamos convencidos d
e que el otro barrio es sólo para los demás. Cuando nos lo permite nuestra suerte, o nuestra capacidad, o nuestra mala intención, acumulamos riquezas y poder de manera insaciable. Hacemos esto porque en nuestra subconsciencia mora el anhelo de lograr con esos recursos la posibilidad de escapar al fin inexorable. Todos presenciamos, ya lo dije anteriormente, cómo los inmensos caudales del rey Faisal y Onassis, le resultaron inútiles para obtener un minuto más de existencia cuando les llegó la hora menguada.

La vida no ha dejado de fluir desde que apareciera en el planeta. Ella ha transcurrido ininterrumpidamente en las especies. Tiene una edad próxima a los tres mil doscientos millones de años, lo cual quiere decir que es longeva de verdad. A través de un inconcebible período no sólo ha permanecido, sino que se ha dado el lujo de multiplicarse en las más incontables y maravillosas manifestaciones. Tras un incontenible ascenso, se nos parece en la polifonía de los pájaros, en el esplendor de los vegetales, en el aroma de las flores, en el paso silente de las liebres, en la gracia sin par de las gacelas, en la inefable vecindad de la mujer que amamos.


Si la vida
no sólo es longeva, sino joven, y no sólo de espíritu como dicen ciertos señores entrados en la madurez, sino desde el punto de vista biológico. Esta animación cada vez mayor del mundo, este progreso palpable de la materia viva, se debe a que la muerte no existe, al menos en los designios de la naturaleza.


Cuando un individuo pierde la vida, unos procesos químicos son sustituidos por otros. Millones de microorganismos invaden con el objeto de hacer reutilizable las sustancias de que estaba compuesto. De esta manera, los cadáveres de la fauna y de la flora enriquecen los suelos y los acondicionan para que sirvan de asiento a las plantas, cuyos frutos alimentarán a diferentes tipos de animales. En resumen, la muerte es un accidente altamente provechoso en los intercambios que hay entre los eslabones de las cadenas biológicas.


Quienes analizan la vida como una expresión principalmente espiritual, saben que la obra de los grandes pensadores y artistas los mantienen más vivos en el recuerdo de las diferentes generaciones, que la mayoría de las personas que las constituyeron. Ignoramos hoy la existencia de casi todos nuestros contemporáneos y sin embargo, cada día renovamos nuestra devoción por la Toccata y Fuga
de Juan Sebastian Bach, la Novena Sinfonía Coral de Beethoven, El Quijote de Miguel Cervantes, la Odisea de Homero, La Divina Comedia de Dante, las castas y adolescentes vírgenes de Botticelli, la terrible fuerza de las pinturas de Goya, el genio creador de Einstein o la formidable intuición de Newton. Ellos obtuvieron el rango de los inmortales porque su presencia es inevitable en la mente y en la sensibilidad del mundo, mientras haya hombres que vivan en la tierra y quizá fuera de ella, en un remoto provenir.

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