sábado, julio 10, 2010

Nunca la inteligencia estuvo mas al servicio de la mala intención que cuando diseñó las bombas V-2

Los londinenses aún recuerdan con terror aquel 10 de junio de 1944 cuando las aladas máquinas sin piloto, se estrellaban contra los hogares de ,ile de familias en la capital britanica, haciendo explotar la pavososa carga de TNT que portaban y que el Dr. Von Braun denominaba, en el indiferente lenguaje tecnólogico, "Carga útil" . Jamás la inteligencia humana se había consagrado a un fin tan perverso y tan exigente en sabiduría como cuando diseñó las sofisticadas bombas V-2. Con más puntualidad que los aviones japoneses tripulados por los kamikaze suicidas , llegaban a su destino criminal después de hacer un viaje, desde Alemania, a la velocidad de cinco mil ochocientos kilómetros por hora.

A fines del siglo pasado, un ignorado aldeano ruso, Konstantin Tsiolkovski, había expresado su teoría de que el hombre podía salir de su morada en el espacio transportado en cohetes. Von Braun aplicó todos los conocimientos almacenados por l atecnología, con el fin de fabricar los demoníacos ingenios. A pesar de todo el novedoso ingenio invertido en este siniestro propósito, las bombas V-2 funcionaban con el mismo principio de los cohetes usados por los chinos, milenios antes, en sus fuegos artificiales. Este principio es el mismo por lo cual se desplaza un globo infanil que se desinfla.

La Bomba V-2 diseñado por Dr. Von Braun


El motor de los cohetes, no obstante que sn el transporte que más lejos ha llegado, es sencillo si se le compara con el de un automóvil, por ejemplo. El motor de cohetes no tiene émbolos, ni pistones, ni caburador, ni sistea de ignición cíclica de los cilindros, ni válvulas ni bielas. Tampoco demanda las modernas turbinas supersónicas.

Lleva una cámara de combustible capaz de generar gases productores de una energía inconcebible. La V-2 se alimentan de alcohol obtenido de papas fermentadas. En el infierno nazi, el rico depósito de carbohidratos nutrionales que hay en ese fruto, era destinado también al cumplimiento de tan siniestras intenciones. La fuerza que movía a estos aparatos era de casi medio millón de caballos, es decir, tres veces superior a las utilizadas por las más grandes trasatlánticos. Los V-2 con sus catorce metros de longitud, elevaban su gran peso hasta los ochenta kilómetros de altura y luego describían una fatal parábola hasta alcanzar su meta asesina.

Antes de que construyeran estos artefactos, ingenieros calificadosc dudaban de que los cohetes pudieran impulsarse con sus propios medos en el gélido y negro vacío del espacio interplanetario. Creían que la propulsión del cohete se debía principalmenteal choque del chorro de gases contra la reistencia al aire. Quien saque la mano de un vehículo que corre aceleradamente se habrá dado cuenta de lo sólida que es esa resistencia. Y quien haya intentado caminar contra vientos huracanados, habrá advertido la fuerza incontenible de un gas en expansión.

El lanzamiento exitoso de la V-2 ofreció la solución de este problema. Se estableció que lo que impulsa al cohete es la presión de los gases sobre las oaredes interiores de su cámara. Y que no tiene ninguna importancia el chorro que expulsa. Matemáticos con un criterio más claro del asunto habían deducido que el motor del cohete atenderíaeficientemente sus funciones en el vacío del espacio, al compararlo con el retroceso originado por los gases de la pólvora en un aama disparada. Yo nunca he comprendido muy bien esta norma física. Así que me perdonan si no la explico suficientemente.

En 1935, el mundo contempló con admiración la hazaña del Dr. Goddard, un norteamericano que había lanzado un pequeño cohete de cincuenta kilos a dos mil metros de altura. Hoy el avance tecnológico es tan enorme en este campo, que se ha reducido a cero el riesgo de fracasar en el lanzamiento de cohetes, portadores de naves, fuera de la órbita terrestre.

La idea básica central a un elevador del espacio, o la torre orbital, primero fue discutida por Konstantin Tsiolkovsky en 1895 y el concepto fue examinado más detalladamente por Yuri Artsutanov en 1959.

Los viajes espaciales son hoy un sueño que hoy parece imposible. Dentro de miles de años no serán un espectáculo excitante que obedecerán, tal vez a la necesidad de mudarnos a otros astros cuando no quepamos en el que ahora nos hospeda. Está vigente la simple y elocuente previsión de Tsiolkovski: "La tierra es la cuna del hombre, pero nadie se queda por siempre en la cuna."

Debemos esperar de la buena fe humana la cooperación sincera de las grandes potencias para preparar este inevitable cambio de domicilio en un futuro no tan lejano.

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