martes, diciembre 22, 2009

Hoy nace este blog: "El Atomo y sus Intimidades", como un homenaje al maestro del Periodismo Científico Venezolano, Arístides Bastidas.

Aprovechamos este espacio virtual de "El Anhelo Constante de Arístides Bastidas" para informarles a todos sus usuarios y asiduos visitantes que hoy nace el blog :


en la que encontrarán sus trabajos de investigación y escritos que publicara en su libro "El Atomo y sus Intimidades".


Este blog contendrá una detallada información sobre el átomo, accesible al gran público y sobre a todos a los jóvenes cuyo interés por estas diciplinas debemos despertar, para que en el porvenir constituyan las reservas de investigadores y profesionales que asumirían las responsabilidades que reclamara la explotación de la industria nuclear en Venezuela y en el mundo.

Por eso quienes integramos este rincón virtual, consideramos como una contribución valiosísima y provechosa esta obra que nos empeñamos en difundir en este medio.

Amigos usuarios y visitantes de El Anhelo Constante , hagan también de este blog su herramienta de trabajo y de consulta permanente, que sirva de aporte al desarrollo de la cultura y la educación.

Este blog tiene dos intenciones: dedicar un sentido homenaje a ese gigante inmóvil, padre y labriego del periodismo cientíico venezolano, el maestro Arístides Bastidas"; y la otra; la misma intención que su l libro¨: " poner la energía nuclear al alcance de todos, sin excepción. "

Ing. Félix A. González B.
Caracas, Venezuela

Cuando un viejo se enamora suscita un haz de murmuraciones envidiosas

He citado varias veces la halagüeña observación de André Maurois en ese manual de la armonía humana titulado Un arte de vivir. El escritor francés afirma allí que cada edad tiene sus encantos. Respetando, desde luego, las diferencias, me permito advertir sobre el riesgo que corren los que le atribuyan a su edad encantos que ya no le corresponden. Después de los cincuentas años, por ejemplo, sería un loco quien pretendiera una relación amorosa cargada de erotismo propio de los veinte años. No es que les esté vedado a las personas maduras el derecho de amar. Sino que deben descubrir los nuevos matices que el tiempo acumulado le añade a las sensaciones del amor, con los cuales pueden reemplazar el ardor perdido pero en dimensiones distintas, que no quiero considerar ni más elevadas ni menos frescas.



ANDRE MAUROIS / El gran autor francés escribió una guía para envejecer confortablemente en su libro “Un arte de vivir”.

Es evidente que un hombre que viaja a todos los parajes de la Tierra, que se vincula con civilizaciones exóticas, que disfruta de cerca los frutos del arte de los pueblos milenarios, le da al tiempo invertido en ello una gananciosa calidad que le falta al que pasa toda su vida en el mismo sitio. Así como se puede compensar en espacio la brevedad del tiempo, se puede recobrar en intensidad afectiva el fuego de los bríos extinguidos.

Esto es posible sólo, naturalmente, si los enamorados están de acuerdo. Preconizamos la veneración por los viejos y los consideramos virtuosos. Basta que caigan una vez en alguna de las tentaciones en las que los jóvenes y los adultos caen todos los días, para que los consideremos indignos de respeto. Miramos burlonamente a la pareja de enamorados otoñales como si ellos no tuvieran corazón. De igual manera, un haz de murmuraciones llenas de envidia sigue al matrimonio entre novios mal balanceados cronológicamente. En suma, hay un empeño en rendirle a la castidad –siempre y cuando sea la de los viejos—un culto parecido al que ya se le tributa a la virginidad.

En mi modesta opinión, no hay consuelo más despiadado, que el de una persona saludable diciéndole a un anciano que se resigne a vivir sin ningún incentivo los años que le quedan, porque después de todo, él gozó ya su parte en este mundo. La solidaridad con él debe estar en ayudarlo a encontrar las rendijas por donde pueda atisbar alguna felicidad. Observo por otra parte, una actitud de falsa benevolencia con las gentes que viven de ilusiones, porque la realidad no es buena con ellos. Si llevan sus existencias sin lastimar al prójimo, y dándole lo que pueden, pregunto, ¿qué derecho tiene alguien a quitarle sus espejismos, el único recurso que poseen? No hay que olvidar que los espejismos estimularon a muchos perdidos en el desierto a continuar adelante. Es decir, les mantuvieron la esperanza. Ya sabemos que la esperanza puede llevarnos más lejos que las metas fáciles. Así es como explico la frase de ese héroe de Romaní Rolland, autor de Juan Cristóbal, un personaje tan admirable como su creador y acaso más real. En un día de tribulaciones sin par, Juan Cristóbal exclama: “¡Que bueno es sufrir cuando se es tan fuerte!”. Pero ninguna fuerza haría bueno el sufrimiento, moldeador de voluntades recias y almas febriles, si en medio de él no tuviéramos de vez en cuando alguna amable ilusión, que, justificada o no, animara en la convicción de que conservamos la vida, el verdadero capital del hombre. Merodea entre nosotros una moral, que es como residuo de la época en que los hombres exaltaban su líbido con sólo contemplar furtivamente el tobillo de sus amadas escondido entre los largos trajes de muselina. Es una moral que le da carácter de pecado a los arrestos sentimentales de dos muchachos que se aman tiernamente o de una persona mayor a quien le brota una pasión lícita. En el medio se quedan los que aplican ese rígido patrón. Callan u ocultan sus alternativas licenciosas o hechos peores como el de manejos financieros que los enriquecen en detrimento del sosiego de una familia en aprietos. Yo confío en que hay una resurrección de legítimos valores humanos, incompatibles con la hipocresía que de vez en cuando nos circunda.

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domingo, diciembre 13, 2009

La personalidad no está en el hábito como en los monjes, sino en nuestra conciencia interior.

No sé exactamente lo que es la personalidad para esos escrutadores del alma, los sicólogos y los siquiatras. Deduzco que la posesión de una personalidad implica la conquista de la madurez, de la facultad de convivir, de la capacidad para amar; de la responsabilidad para afrontar las adversidades con entereza y la sana emoción de disfrutar con intensidad los momentos alegres de la existencia. Cuando estaba en la escuela primaria, en mi aldea, aprendí una noción diferente de la que aquí expongo. Tener personalidad en mi pueblo era equivalente a sobresalir, alcanzar buena posición social, vestir muy bien y mostrar un aire solemne, saludar sólo a la gente distinguida y desdeñar a los demás, todo ello en nombre del éxito. En San Pablo no hay ya una sola persona que piense así, pero en Caracas este individuo, cuya pobre fisonomía espiritual acabo de presentar, abunda tanto como la mala yerba.

Estos son los parciales efectos de la deplorable educación recibida por el venezolano. Aquel sujeto frívolo pero armado con una impresionante pinta exterior, florece, está en auge. Pero no es tan culpable de su papel como quienes se lo asignaron, los medios de comunicación, a través de los cuales se insinúa a la gente que la higiene depende de la marca del detergente que usa; que no es un hombre chévere quien no fuma tal cigarrillo; que si no usa tales trajes, es un infeliz y así sucesivamente. El tipo con “personalidad” no es más que un títere, de cierta publicidad, huérfano de voluntad y proclive a una vida egoísta sin las satisfacciones profundas que recibimos cuando ejercemos los dones de la solidaridad humana. La personalidad no es el andamiaje que podamos colocarnos encima de nuestro cuerpo ni es tampoco el ademán necio del autosuficiente.



Tenían gran personalidad Albert Einstein, Romain Rolland, Vladimir Ilich Lenin, Franklin Delano Roosevelt, Robert Oppenheimer (el creador de la bomba atómica que murió arrepentido de ello), Juan Ramón Jiménez y otras figuras universales, quienes jamás trocaron la sencillez en arrogancia. No obstante son paradigmas para el hombre. La pedantería es hija legítima del subdesarrollo intelectual. Esta a veces es ocultada y se disfraza de modestia falsa. Suele localizársela en intelectuales, artistas y científicos conscientes de la indiferente contribución que han dado o amargados porque sean otros y no ellos quienes recibieron determinados homenajes y reconocimientos. No es la primera vez que contamos estos casos en avezados caballeros de la cultura. Ellos también acusan así un déficit educativo. Tenemos, pues, dos grupos de protagonistas de la falsa personalidad. Los primeros, modelados por el poder de la inmensa maquinaria hipnotizadora de masas que es la televisión; y los segundos, que tienen un cerebro cultivado pero ególatra.

Yo opino que tiene tanta personalidad Einstein creando su teoría de la relatividad, el máximo patrimonio científico del hombre, como el jornalero que invierte todas sus aptitudes en el cuidado de su sementera.

Tener personalidad es hacer lo óptimo, dentro de las posibilidades congénitas y adquiridas; es desempeñar con eficiencia la parte que nos toca en el gran escenario de la vida; es instituirse una conducta en que sea favorable el balance entre el haber de las buenas actitudes y el deber de las malas actitudes; es tener una conciencia en paz, es tambalearse, caerse y saber levantarse ante las zancadillas del vivir es, por sobre todas las cosas, disponer de un espíritu generoso que cuando le quede poco por entregar a los demás, dé comprensión y tolerancia, tan ausentes de esta tierra.

La referida idea errónea de la personalidad de la cual hablé al principio, procede también del vacío humanístico de nuestras universidades en la enseñanza de las profesiones liberales. Con honrosas excepciones, de las mismas salen abogados a disociar familias o a secuestrarlas en sus hogares para complacer al dueño acaudalado de cadenas de edificios; médicos que se niegan a trabajar en las medicaturas rurales porque allá no les aguarda un “porvenir” y prefieren quedarse en Caracas cazando guardias en el Seguro Social; ingenieros atento a las altas utilidades que hay en la industria de la construcción; farmacéuticos que cobran como regentes de boticas que nunca han visitado; odontólogos que ven con malos ojos la fluorización de las aguas, protectora de los dientes; técnicos que sueñan con el dinero que ganarán en su turno cuando el país arranque por fin hacia su desarrollo industrial y así sucesivamente. Con este ser tan mal no podemos diseñar una sociedad mejor. Este es un aspecto carcomido del alma venezolana que debiéramos empezar a corregir sembrando en las escuelas el altruísmo, aunque la palabra esté en desuso.

martes, diciembre 01, 2009

A veces pienso que mi secreto está en que practico muy bien el juego de la candelita con las mortificaciones.

Si uno actúa inteligentemente puede mortificar a las mortificaciones y aplicarle una buena dosis de su propia medicina. Yo tengo autoridad para hacer esta afirmación porque a menudo, si bien es cierto que no pierden del todo su tiempo conmigo, las dejo en la duda de si han hecho bien o mal su oficio. Las mortificaciones llegan a nuestra cada y entran sin tocar la puerta y sin que las invitemos a pasar. Y con la estrategia de un buen filósofo doméstico, no con la resignación de un mártir que entrega la guardia, me pondo de pie, las invito a que pasen adelante, les pondo una silla y hasta les pregunto que si quieren un refresco o un café.

De este modo defiendo mi buena urbanidad y al mismo tiempo las acomplejo; les resto seguridad en sí mismas. Cuando se marchan están convencidas que se portaron bien y de que por ello pagarán caracas las cuentas que habrán de entregar a don Satán, su inspirador y jefe; en sus linderos, al igual que en los de las gentes que se llaman serias, están excluidas la sonrisa y el buen humor, tan habitual en mí desde el día de mi nacimiento. Digo esto, y valga la digresión, porque al llegar al mundo, antes de llorar, hice aguas sobre la cara de la buena comadrona que asistía a mi madre. Esta estrategia que estoy a punto de patentar, se la regalo a ustedes antes de que alguna transnacional la descubra y haga el gran negocio con ella.

En una de las tantas veces en que he hecho el papel de un Job subdesarrollado, porque nunca he tenido bienes ni me ha sobrado la felicidad como al personaje bíblico, el reumatismo se ensañaba contra mí, aplicando el principio de hacer leña con el árbol caído. Gentes que en días mejores habían compartido las uvas de mis viñas y el vino de mi mesa, ya no estaban interesadas en mí y algunas me miraban como gallina que ve sal. Pues bien, yo pasaba a su lado con el rostro jubiloso de un pobre maniático del hipismo que se ha ganado el 5 y 6. Mis articulaciones adoloridas quedaban frustradas al igual que los que habían dejado de quererme cuando veían mis ojos llenos de esperanza.

Pintura al Oleo del Gigante Inmóvil Arístides Bastidas.


El hábito de jugarle ciertas bromas a las mortificaciones acrecentó las fibras de mi corazón que así se volvieron más resistentes y más aptas para la ternura y para la lucha que continuamente libro en su nombre. A fuerza de decir que es mejor sentirse bien que estar bien, me convencí de ello y por eso la luz que se escapó de mis ojos no pudo llevase la ilusión que sigue brillando en ellos. Y quienes lo duden, que los examinen atentamente cuando les dispenso la mirada de frente de los días en que sólo les veía las caras, con toda seguridad distintos de los de ahora cuando me resulta fácil detectarles el alma. Todo esto puedo hacerlo porque en el juego de la vida apuesto siempre con una moneda infalible, que es la de la fe en ella y en el prójimo.

Las reservas del amor tienen una curiosa ventaja que volvería locos a los amigos de los bienes raíces. A medida que damos amor sus reservas aumentan. Y tarde o temprano el manantial que acabamos de descubrir en un bosquecillo nos devolverá con creces las aguas con que en horas venturosas rogamos, a Dios gracias, un vergel ajeno cuyos frutos habremos de respetar, porque sus colores nos serán menos hermosos ni sus fragancias serán menos exquisitas. Y sean cuales fueren las criaturas a que estén destinados, siempre harán el bien y jamás el mal. En fin, quienes tenemos el privilegio de la sensibilidad, debemos encontrar en cada pérdida la promesa de una ganancia. No tardará en volverse a llenar de agua cristalina el pocito de manantial que en una hora dichosa dejamos vacío para calmar nuestra sed.

Sé que a muchos les parece insólito la frescura de mis palabras o mis éxitos de soñador sin remedio. El secreto de todo está en la magia sencilla de mi existencia. Estoy exento de tentaciones que aturden a los cinco sentidos, pero suelo caer en otras que me iluminan los senderos del alma, aunque sea por poco tiempo. Estoy persuadido de que mis pecados no sólo tendrían el perdón de las divinidades, sino que suscitarían su envidia, porque ellas también quisieran cometerlos. Y al igual que yo, serían reincidentes gustosas. Y a lo mejor serían clientes asiduas de un consultorio sentimental que pienso montar en sus dominios.